Un análisis comparado del colapso de la confianza en Estados Unidos y México

El vacío que dejan las instituciones no permanece vacío. Alguien lo ocupa. En Estados Unidos lo ocuparon los comediantes; en México, un movimiento político. La pregunta no es por qué hay desconfianza —eso ya lo sabemos—, sino quién se sienta en el trono que las élites dejaron vacante, y por qué en cada país se sentó alguien diferente.

 

  1. El derrumbe: qué instituciones cayeron —y cuáles no—

En Estados Unidos, la crisis es generalizada pero especialmente aguda en tres frentes. La confianza en el Congreso —la institución democrática por excelencia— ha caído a niveles del 6%, según Gallup, mientras que la prensa televisiva no pasa del 11%. Más grave aún: la ciencia académica, que durante décadas fue un baluarte de autoridad incuestionable, sufrió un desplome de credibilidad durante la pandemia. Solo el 28% de los estadounidenses confía en los medios para informar con precisión, una cifra que contrasta con el 68-72% registrado en la década de 1970. El ciudadano estadounidense medio hoy duda de casi todo: de los políticos, de los periodistas, de los jueces y, significativamente, de los expertos.

En México, el derrumbe también alcanza a los partidos políticos, a los medios de comunicación —históricamente percibidos como voceros del poder económico—, al poder judicial y a los empresarios. Sin embargo, hay dos diferencias cruciales. La primera es que la ciencia académica —la UNAM, el IPN, los colegios de investigadores— mantiene un respeto relativo; no hubo un descrédito masivo como en Estados Unidos. La segunda, y más importante, es que el gobierno de la Cuarta Transformación logró mejorar tangiblemente la realidad de los sectores populares: 13,4 millones dejaron la pobreza en los pasados 7 años y la tasa de desempleo se mantiene por debajo del 3%, una de las más bajas de la OCDE. Ese anclaje material es lo que diferencia la experiencia mexicana del vacío institucional estadounidense.

  1. El bufón como poder de veto: la lección de Prospect Magazine[1]

Matthew d’Ancona, en su reciente artículo de portada para la revista británica ProspectSeriamente divertida: cómo los standuperos conquistaron la política“, mayo de 2026, argumenta que los comediantes de stand-up no solo reflejan el desencanto, sino que se han convertido en actores políticos de pleno derecho. En las primeras semanas de la guerra contra Irán, la rebelión interna contra Trump no la encabezaron legisladores republicanos, ni facciones de su administración, ni columnistas de derecha. La encabezaron los mismos cómicos que habían jugado un papel decisivo en su campaña de 2024; que lo habían invitado a sus podcasts y amplificado su mensaje entre audiencias jóvenes, predominantemente masculinas.

Andrew Schulz, desde su show Flagrant, fustigó al presidente: “Los americanos no tienen dinero para pagar servicios de salud. ¿Por qué les va a importar lo que pase en Irán?”. Theo Von, invitado a la investidura de Trump en enero de 2025, fue directo: “Estoy harto de que los ricos no manden a sus propios hijos a estas guerras”. Y cuando Joe Rogan —cuyo podcast supera los 60 millones de vistas por episodio— declaró que el ataque a Irán era so insane,[2] la noticia llegó a la portada del New York Times. Estos comediantes no son solo críticos; son verdaderos poderes de veto dentro de la propia coalición MAGA. Los números le dan la razón: la aprobación de Trump cayó a 34% en abril de 2026 —el punto más bajo de su segundo mandato— y entre sus propios votantes menores de 35 años el desplome llega a 57%. La base que los podcasts construyeron se está resquebrajando exactamente por donde los comediantes la golpearon. El viejo control de los estudios y los anunciantes se ha roto. El bufón ya no necesita la bendición de la corte.[3]

[1] Seriously funny: how standups conquered politics

[2] So insane: expresión coloquial del inglés estadounidense equivalente a “una completa locura”

[3] Trump Loses Ground on Several Personal Traits as Approval Rating Slips | Pew Research Center

  1. El contrapeso fallido: medios de élite contra un gobierno con base

En México, el vacío que dejó el colapso del modelo neoliberal no lo llenaron comediantes disfrazados de analistas, sino un movimiento político con proyecto, base social y mandato popular. Sí hubo intentos de construir una oposición mediática: Latinus, Atypical TV y todo el ecosistema de opinadores que durante años vivieron del mismo sistema que dicen criticar. Pero nunca lograron convertirse en alternativa real. Y no es casualidad.

Primero, porque aquí sí hubo responsables. El desastre no fue abstracto ni difuso: tuvo nombres y apellidos. Salinas, Zedillo, Calderón, Peña Nieto. Tuvo voceros. Tuvo beneficiarios. Durante décadas, las élites políticas, empresariales y mediáticas operaron como un bloque. La 4T no inventó ese pasado: lo nombró. Y cuando el adversario tiene rostro, la narrativa deja de ser ambigua. No se trataba de desconfiar de todos, sino de desplazar a quienes habían saqueado al país.

Segundo, porque lo que algunos llaman propaganda es, en realidad, disputa abierta por la agenda pública. Las mañaneras no son un accidente ni un capricho: son un mecanismo deliberado de comunicación directa que rompe con décadas de intermediación controlada. Antes, unos cuantos decidían qué se decía y qué no. Hoy, el Ejecutivo fija posición todos los días, responde, acusa y pone temas sobre la mesa sin pedir permiso.

Tercero, porque en México no hubo un colapso total de referentes. A diferencia de Estados Unidos, donde la desconfianza se volvió indiscriminada, aquí sobrevivieron ciertos anclajes: universidades públicas, comunidades científicas, redes sociales territoriales. La 4T no necesitó destruirlos para legitimarse; los incorporó cuando le resultaron útiles y los confrontó cuando fue necesario. Ese equilibrio impidió que figuras mediáticas se colocaran como última instancia de verdad.

Eso incomoda, porque desplaza a quienes estaban acostumbrados a monopolizar la conversación. Pero también explica por qué los chumeles —Atypical TV, Latinus y sus 2,400 millones de pesos del erario triangulados a paraísos fiscales—[1]  no pudieron escalar más allá de su nicho. No compiten en igualdad de condiciones: uno habla con el respaldo del voto y una base social organizada; los otros, desde plataformas que dependen de financiamiento, algoritmos y audiencias fragmentadas. Pueden amplificar, pero no sustituir.

  1. Dos caminos, una misma pregunta

El paralelismo es revelador. En Estados Unidos, la ausencia de mejoras materiales generalizadas —estancamiento salarial, crisis de opioides, pérdida de empleos industriales— y el colapso de la ciencia abrieron una demanda de voces externas, cínicas e independientes. El comediante, sin ambición de poder, se convirtió en el único en quien confiar. En México, la mejora real en los ingresos populares y la persistencia del respeto a la ciencia permitieron que un movimiento político absorbiera esa confianza, desplazando a cualquier bufón opositor a la periferia.

El vacío de autoridad moral no se llena siempre de la misma manera. Depende de si hay pan en la mesa —y de quién lo pone—, de si los expertos siguen siendo escuchados o son despreciados, y de si la memoria histórica permite a un líder encarnar el antisistema desde el poder. En un país, el bufón tomó el micrófono; en el otro, el gobernante lo hizo suyo. Ambos fenómenos son hijos de la misma desconfianza, pero sus desenlaces nos hablan de estructuras políticas y económicas profundamente distintas.

Al final, no compiten estilos: compiten proyectos y orígenes. En Estados Unidos, el político más poderoso del mundo le teme a los comediantes porque pueden poner en su contra a su propia base. En México, los gobiernos de la transformación no viven con ese miedo. Tienen una mayoría social que los respalda y un micrófono propio. La diferencia no es de ingenio. Es de poder popular organizado. Y eso se construye gobernando, no desde un podcast.

[1] Según datos presentados por la Unidad de Inteligencia Financiera en julio de 2024, el consorcio Latinus habría recibido 2,437 millones de pesos entre 2019 y 2024 provenientes de seis gobiernos estatales y del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, triangulados a través de empresas fachada hacia cuentas en Delaware.

Hernán Garza-Villareal

Hernán Garza-Villareal

Position

Ensayista, editor y analista dedicado al estudio de las relaciones entre poder, tecnología, soberanía, comunicación y economía política. Su trabajo se centra en la construcción de marcos interpretativos para el debate público, combinando análisis estructurales, pensamiento estratégico y divulgación especializada.

Colabora como articulista en medios de análisis político y ejerce funciones editoriales en plataformas de información tecnológica, donde impulsa líneas de contenido orientadas a la comprensión profunda de infraestructuras críticas, políticas públicas y transformaciones productivas. Participa en proyectos audiovisuales de entrevista como espacio de diálogo intelectual y circulación de ideas.

Su enfoque privilegia la formación de criterio, la agenda de largo plazo y la articulación entre conocimiento técnico y disputa simbólica y analítica puede consultarse en hernangarza.com

WhatsApp chat