El pasado 3 de junio se cumplieron diez años de la muerte de Muhammad Ali, el legendario campeón mundial de los pesos pesados que se negó a combatir en la guerra de Vietnam y fue despojado de su título por ello. Como parte de los esfuerzos por recuperar su memoria volvió a circular el video de una de sus entrevistas más célebres, cuando formuló una pregunta: ¿Por qué todo lo bueno es blanco y todo lo malo es negro?
Alí recordó entonces una inquietud que había tenido desde niño. ¿Por qué Jesucristo era representado como blanco? ¿Por qué los ángeles eran blancos? ¿Por qué hasta Santa Claus era blanco, mientras que un gato negro simbolizaba la mala suerte? ¿Por qué la residencia presidencial se llamaba la Casa Blanca?[1]
Aquel 17 de octubre de 1971, frente al periodista Michael Parkinson en la BBC de Londres, se escuchó una pregunta incómoda para un sistema cultural que había colonizado incluso los símbolos más cotidianos, convirtiendo lo blanco en sinónimo de pureza y bondad. Ocurría pocos años después de los asesinatos de Malcolm X y Martin Luther King Jr., las dos voces más influyentes de la lucha afroestadounidense por la igualdad y la dignidad.
Lo que el campeón de los pesos completos estaba haciendo no era corregir una información falsa ni verificar un dato. Estaba cuestionando algo más profundo: quién había definido durante siglos los símbolos, las narrativas y los significados que organizaban la vida social. En otras palabras, estaba disputando el poder de nombrar la realidad.
Las redes sociales y la inteligencia artificial aceleraron este fenómeno. Plataformas diseñadas para maximizar la atención comenzaron a premiar los contenidos más emocionales, polémicos y divisivos. La información dejó de circular principalmente a través de instituciones periodísticas para competir en igualdad de condiciones con rumores, teorías conspirativas, operaciones de influencia y campañas de manipulación política.
Fue entonces que la desinformación dejó de ser un fenómeno marginal para convertirse en una preocupación central de gobiernos, organismos internacionales, medios de comunicación y empresas tecnológicas. La pregunta es cómo distinguir la deliberada fabricación de falsedades, de la legítima construcción de marcos interpretativos capaces de movilizar a millones de personas, sin comprometer la libertad de expresión.
Porque el mundo lleva años debatiendo cómo enfrentar la desinformación y las respuestas predominantes apuntan todas en la misma dirección: restringir. La Unión Europea, con su Ley de Servicios Digitales, convirtió a las plataformas en árbitros obligados de la verdad, bajo amenaza de sanciones millonarias. Australia intentó ir más lejos con una ley que habría forzado a las redes sociales a demostrar que impedían la desinformación, un proyecto que murió en el Senado porque nadie supo responder la pregunta central: ¿quién determina cuál es la posición verdadera?
[1] Muhammad Ali talks about him growing up confused to why everything was so "white"
Esa pregunta sin respuesta es exactamente la trampa en la que el gobierno de México decide no caer. "Derecho de Réplica" —la conferencia semanal encabezada por la consejera jurídica Luisa María Alcalde que el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum acaba de presentar— no le pide a ninguna plataforma que censure, no le encarga a ningún algoritmo que filtre, no amenaza a ningún medio con multas. Le habla directamente a la ciudadanía con datos en la mano y le devuelve lo que todo sistema democrático debería garantizar: el derecho a escuchar las dos versiones para poder juzgar por sí misma.[1]
La analogía con el poeta del cuadrilátero no es perfecta —ninguna analogía histórica lo es—, pero viene al caso. Alí reclamaba el derecho a nombrar una experiencia que consideraba excluida de los grandes medios de su tiempo. El gobierno mexicano sostiene que necesita un espacio para responder a relatos que considera distorsionados. En ambos casos aparece una misma pregunta de fondo: ¿quién tiene el derecho de definir la realidad que compartimos?
El dilema toca el corazón mismo de las democracias contemporáneas. ¿Quién debe arbitrar los conflictos sobre la verdad? ¿Los gobiernos? ¿Los tribunales? ¿Las plataformas tecnológicas? ¿Los medios de comunicación? ¿La ciudadanía?
La controversia recuerda una discusión distinta a la que se planteaba hace más de medio siglo. El coloso de Louisville no cuestionaba hechos verificables, sino los marcos culturales que condicionan la manera en que las personas interpretan el mundo. Su reclamo se sumó al de la integración no violenta defendida por Martin Luther King Jr. y al del nacionalismo negro y la autodeterminación impulsados por Malcolm X.
Sin embargo, la disputa contemporánea sobre la desinformación tampoco gira exclusivamente alrededor de hechos concretos. En el fondo, también es una disputa por la autoridad para construir los relatos que organizan la vida colectiva. La diferencia es que hoy participan actores con capacidades regulatorias, recursos tecnológicos y poder político capaces de amplificar o restringir determinadas narrativas.
Censurar es callar. Replicar es hablar. No es lo mismo, aunque a algunos les convenga confundirlo. El "Derecho de Réplica" no le pide a nadie que deje de opinar, pero le exige al Estado que defienda con evidencia el honor de sus instituciones ante la misma audiencia que recibió la versión distorsionada.
Eso es participar en el debate público, con datos oficiales verificables, con las cartas sobre la mesa. Es la confianza en el pensamiento crítico de las audiencias. El más grande de todos los tiempos no ganó sus peleas callándose. Las ganó argumentando, golpe a golpe, en el centro del ring y fuera de él. Eso mismo es lo que el gobierno de México hace hoy.

Hernán Garza-Villareal
Position
Ensayista, editor y analista dedicado al estudio de las relaciones entre poder, tecnología, soberanía, comunicación y economía política. Su trabajo se centra en la construcción de marcos interpretativos para el debate público, combinando análisis estructurales, pensamiento estratégico y divulgación especializada.
Colabora como articulista en medios de análisis político y ejerce funciones editoriales en plataformas de información tecnológica, donde impulsa líneas de contenido orientadas a la comprensión profunda de infraestructuras críticas, políticas públicas y transformaciones productivas. Participa en proyectos audiovisuales de entrevista como espacio de diálogo intelectual y circulación de ideas.
Su enfoque privilegia la formación de criterio, la agenda de largo plazo y la articulación entre conocimiento técnico y disputa simbólica y analítica puede consultarse en hernangarza.com