Por Hernán Garza-Villarreal

En la doctrina militar contemporánea se le llama "guerra cognitiva" a la disputa por moldear la percepción y la voluntad de las poblaciones antes de apoderarse del territorio, sus instituciones y recursos. El objetivo es destruir la capacidad colectiva para distinguir entre hechos, rumores, propaganda o información fiable, mediante la saturación informativa, la manipulación de emociones y la polarización social. Pero la guerra cognitiva más intensa del siglo XXI no se disputa entre Estados Unidos y China, o la OTAN contra Rusia en Ucrania. Se libra todos los días en las conversaciones digitales entre familias, vecinos y amigos.

 

El reciente ensayo de Sam Knight en The New Yorker confirma que WhatsApp dejó de ser una mera aplicación de mensajería instantánea para convertirse en la infraestructura social global por excelencia. Más de tres mil millones de personas gestionan allí sus vidas, sus empresas, sus gobiernos y sus batallas culturales. Pero la verdadera revelación no es su escala de adopción, sino el hecho de que la desaparición del silencio social nos lanzó a un enfrentamiento permanente por tener la última palabra.[1]

 

La antropología llamó 'comunión fática' a aquellas formas de interacción lingüística cuyo propósito primordial no es el intercambio de información, sino el establecimiento de lazos de solidaridad y camaradería: hablar por hablar, para confirmar que seguimos perteneciendo al grupo. WhatsApp industrializó ese ritual, y la consecuencia es que hoy un individuo pertenece simultáneamente a decenas de comunidades digitales que le generan obligaciones emocionales perpetuas. En este ecosistema hiperconectado, la abstención y la ausencia dejaron de ser neutrales. No responder de inmediato constituye un mensaje de hostilidad, abandonar un grupo se interpreta como una declaración política y silenciar una conversación se convirtió en nuestra última trinchera para proteger la salud mental.

 

Esta misma plataforma reconfiguró de raíz el espacio político contemporáneo. Durante la pandemia de COVID-19, el confinamiento aceleró la desaparición de antiguos espacios de convivencia: la oficina, el café, la sobremesa, la plaza pública, la asamblea comunitaria y la conversación casual en la calle. En su lugar emergió un tipo de interacción social de alta intensidad emocional, donde gran parte de nuestras relaciones quedaron confinadas a ventanas de chat. Cuando se levantaron las restricciones, algunas personas descubrieron en la interacción digital un refugio donde podían ejercer autoridad sin legitimidad, obtener reconocimiento sin prestigio y dirimir conflictos sin asumir los costos de la convivencia presencial. Hoy continúan operando escondidas detrás de las pantallas, amparadas por un poder sin responsabilidades ni contrapesos que les otorga su condición de administradoras de grupo y que utilizan para secuestrar la atención de la comunidad fomentando el morbo, la sospecha, la descalificación moral y la fabricación constante de agravios.[2]

 

El escenario donde se ejecuta el caso más puro y doloroso de esta guerra cognitiva son los chats de vecinos, en donde comunidades de individuos formalmente iguales están atrapadas en una disputa permanente por el reconocimiento social. 

Sus integrantes se enfrentan a diario discutiendo quién se estacionó mal, quién hizo ruido a deshoras y quién incumplió las reglas internas, todo para ocupar el lugar más codiciado de la vida comunitaria: el de la víctima. Entonces aparece alguien con una supuesta "preocupación por la comunidad": la coartada moral perfecta, porque quien la cuestiona se vuelve sospechoso. El resultado es un linchamiento silencioso que aísla al señalado hasta que deja de ser un interlocutor y se convierte en un problema. El propósito nunca es resolver el conflicto ni construir consensos, sino conseguir que la comunidad valide una interpretación particular de la realidad. A fin de cuentas, esta guerra no requiere ejércitos ni propaganda oficial. Bastan mensajes pasivo-agresivos, capturas de pantalla fuera de contexto, un séquito de paleros y uno o dos grupos alternos dedicados a la intriga vecinal y al chisme organizado.[3]

 

Durante siglos, las sociedades construyeron instituciones complejas y rituales burocráticos para administrar el conflicto entre grupos antagónicos. Sin embargo, WhatsApp nos demostró que el conflicto más intenso y destructivo puede surgir entre personas cercanas y con intereses comunes. La proximidad, lejos de reducir la tensión, intensifica la lucha por el reconocimiento. Y, sin embargo, la paradoja persiste. La excepción que confirma la regla son aquellas comunidades digitales cuyos integrantes renuncian temporalmente al protagonismo individual. Cuando existe un objetivo compartido, reglas explícitas de convivencia, mecanismos de disciplina y un mínimo de confianza mutua, la plataforma recupera su promesa original. Son esos grupos que ante cualquier emergencia, se transforman espontáneamente en centros de contacto para coordinar la ayuda mutua: la realidad irrumpe con tal fuerza que suspende —temporalmente— la necesidad de confrontación, permitiendo que emerja lo mejor de nosotros: la cooperación, la solidaridad y el sentido de comunidad.

Quizás la principal aportación histórica de WhatsApp fue revelar que el resentimiento humano puede administrarse en tiempo real y a escala global, una consecuencia muy distinta de los ideales con los que Jan Koum imaginó la plataforma.[4] Dicho de otra forma, la mensajería instantánea se convirtió en la primera tecnología global capaz de demostrar experimentalmente una patología colectiva que la sabiduría popular ya intuía: los seres humanos prefieren tener la razón antes que vivir en paz.

*Escrito originalmente para #TdeTecnología en @Revolución_3.0

 

[1] How WhatsApp Took Over the Global Conversation | The New Yorker

[2] Conocido como “Síndrome de la caverna”, en alusión al mito platónico por la disposición a permanecer atrincherado en las propias certezas —sin autocrítica— antes que exponerse a una verdad que las contradiga. Durante la pandemia el término fue utilizado para nombrar el miedo al retorno a la vida social, por la comodidad de la ignorancia frente a la incomodidad de la luz.

[3] El citado artículo de The New Yorker, Knight retoma el término W.F.G. (WhatsApp Family Group), acuñado por Alkobi y Khvorostianov (Universidad Ben-Gurion, 2023) en su estudio sobre grupos familiares israelíes.  El chat de vecinos —sin lazos de sangre que amortigüen el conflicto— es su versión sin frenos: en donde el impulso de vigilancia mutua opera sin la contención que ofrece el parentesco.

[4] Jan Koum creció en la Unión Soviética, donde la vigilancia estatal hacía de la privacidad un bien escaso. Esa experiencia marcó su visión de WhatsApp: una herramienta cifrada para mantener la comunicación familiar y personal fuera del alcance de la publicidad, gobiernos y otras formas de vigilancia.

 

Hernán Garza-Villareal

Hernán Garza-Villareal

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Ensayista, editor y analista dedicado al estudio de las relaciones entre poder, tecnología, soberanía, comunicación y economía política. Su trabajo se centra en la construcción de marcos interpretativos para el debate público, combinando análisis estructurales, pensamiento estratégico y divulgación especializada.

Colabora como articulista en medios de análisis político y ejerce funciones editoriales en plataformas de información tecnológica, donde impulsa líneas de contenido orientadas a la comprensión profunda de infraestructuras críticas, políticas públicas y transformaciones productivas. Participa en proyectos audiovisuales de entrevista como espacio de diálogo intelectual y circulación de ideas.

Su enfoque privilegia la formación de criterio, la agenda de largo plazo y la articulación entre conocimiento técnico y disputa simbólica y analítica puede consultarse en hernangarza.com

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