Las y los estudiantes del sistema educativo mexicano deben sentirse privilegiados de contar con una educación pública, gratuita, laica y científica que les permita acceder a una mejor calidad de vida para ellos y sus familias. Por este motivo, es fundamental concientizar sobre la importancia de este logro social. El acceso actual a las aulas no deviene de un estado natural de las cosas, ni de una concesión gubernamental, y mucho menos de dinámicas neoliberales o empresariales; por el contrario, ha costado la sangre y el esfuerzo de nuestros ancestros a lo largo de la historia del país.

La construcción de un sistema educativo nacional en el México del siglo XIX no fue un camino llano, sino una encarnizada batalla contra las profundas carencias estructurales de una nación en formación. Cuando Benito Juárez y la generación de la Reforma se propusieron transformar el país, se enfrentaron a cuatro grandes problemas educativos que mantenían a la inmensa mayoría de la población en la penumbra intelectual.

Al analizar estos hitos históricos, podemos identificar los principales desafíos que afrontó Benito Pablo Juárez García y las directrices con las que buscó erradicarlos:

  1. La miseria pública y el trabajo infantil

Juárez identificó que el principal obstáculo para la educación no era la falta de voluntad social, sino la pobreza extrema. Advirtió con lucidez que un padre de familia desprovisto de lo indispensable para sobrevivir veía la escuela como un impedimento, viéndose obligado a priorizar el sustento inmediato a través del trabajo diario de sus hijos o el alquiler de su fuerza laboral. Al respecto, Juárez señaló:

“El hombre que carece de lo preciso para alimentar a su familia, ve la instrucción de sus hijos como un bien muy remoto, o como un obstáculo para conseguir el sustento diario. En vez de destinarlos a la escuela, se sirve de ellos para el cuidado de la casa o para alquilar su débil trabajo personal con que poder aliviar un tanto el peso de la miseria que lo agobia. Si ese hombre tuviera algunas comodidades; si su trabajo diario le produjera alguna utilidad, él cuidaría de que sus hijos se educasen y recibiesen una instrucción sólida en cualquiera de los ramos del saber humano. El deseo de saber y de ilustrarse es innato en el corazón del hombre. Quítensele las trabas que la miseria y el despotismo le imponen, y él se ilustrará naturalmente, aún cuando no se le dé una protección directa.” (Galeana, 2006, pág. 274)

En consecuencia, sin una reforma económica profunda que aliviara la precariedad de los hogares, la obligatoriedad escolar no pasaba de ser una hermosa teoría impracticable ante la urgencia del hambre.

  1. El monopolio y dogmatismo del clero

Durante siglos, la Iglesia católica controló de manera exclusiva el acceso al conocimiento, limitando los planes de estudio al dogmatismo teológico, la intolerancia y la memorización doctrinal. Este sistema no solo alejaba a las clases bajas del pensamiento científico y libre, sino que reforzaba su sumisión frente a las estructuras de poder. En vez de fomentar asignaturas críticas, las escuelas primarias se concentraban en la repetición obligada del catecismo del padre Ripalda. Como bien se apunta en la historiografía:

“Santa Anna dejó los asuntos educativos en manos de la Iglesia, haciendo consejeros a obispos y arzobispos, que se preocuparon más por enseñar el catecismo del padre Ripalda que por el nivel académico de la enseñanza. Afortunadamente en 1854 se estableció el estudio de la historia como materia obligatoria para la escuela primaria, al lado de la religión.” (Galeana, 2006, pág. 170)

  1. La bancarrota del Estado y la falta de recursos

El proyecto educativo de la Reforma tuvo que edificarse sobre las ruinas de una economía exhausta, minada por décadas de inestabilidad interna, la Guerra de Reforma y la Intervención Francesa. Los gobiernos civiles carecían de fondos para financiar la infraestructura elemental, la producción de materiales y la formación de maestros capacitados:

“Con su comercio estancado, los gobiernos estatales y los ayuntamientos no percibían ingresos suficientes para financiar las escuelas a su cargo; las obras pías se habían quedado sin capital y sin réditos y los legados a largo plazo tampoco se pagaban, al quedar destruidas las propiedades que generaban su riqueza. Todo esto hizo que las escuelas tuvieran que organizarse a partir del primer imperio casi desde la nada, por lo menos en provincia.” (Vázquez, 2013, pág. 102)

Esta carencia absoluta de fondos públicos impidió la edificación inmediata de planteles nuevos. Para resolver esta crisis, el Estado se vio obligado, por mera necesidad pragmática, a expropiar y adaptar antiguos conventos, iglesias y seminarios religiosos para transformarlos en las primeras aulas públicas de la República.

4.- La exclusión social (Indígenas y Mujeres)

El sistema heredado era profundamente elitista y segregaba a los sectores más vulnerables del país: la población indígena, los pobres de las zonas rurales y, de manera casi total, a las mujeres. Juárez, habiendo vivido en carne propia su condición originaria antes de aprender el castellano, conocía el rezago impuesto a las comunidades nativas por los poderes fácticos y el clero tradicional. Sobre esta realidad histórica, se documenta que Juárez deploraba:

“la estúpida pobreza en que yacen los indios, nuestros hermanos. Las pesadas contribuciones que gravitan sobre de ellos todavía. El abandono lamentable a que se halla reducida su educación primaria” (Sanginés, 2015, pág. 21)

De igual manera, el abandono hacia el sector femenino limitaba sus oportunidades de desarrollo individual y social, confinándolas a roles domésticos subordinados y excluyéndolas del derecho a la cultura y el saber:

“En suma se puede afirmar que existían pocas oportunidades educativas para las muchachas y ni la iglesia ni los gobiernos nacional y regionales cumplieron su obligación educativa. Esta falta de instrucción formal fue comentada por más de un viajero. Salvo el misal, las mujeres no leían. Pocas veces seguían en la “amiga” cumplidos los diez años de edad y a los catorce terminaban hasta sus clases de bordado y de música.” (Vázquez, 2013, pág. 125)

Conciencia Histórica y Deber Social

El esfuerzo de las generaciones pasadas por dotar a México de una educación con estas características particulares representa una de las conquistas éticas más profundas de nuestra historia. Al consagrar la gratuidad y la obligatoriedad, la nación no sólo combatió el analfabetismo, sino que arrebató las infancias a la condena de la miseria económica, dejando de concebir a los niños como una fuerza laboral inmediata para transformarlos en el semillero de la ciudadanía del futuro. Asimismo, el establecimiento del laicismo rescató la soberanía de la conciencia de los mexicanos al transitar del dogma teológico hacia la libertad intelectual, mientras que el carácter científico se consolidó como la herramienta definitiva contra la desigualdad. Frente a las estructuras coloniales que pretendían justificar la sumisión de castas, de los pueblos indígenas y de las mujeres, la razón y la ciencia introdujeron el principio de igualdad natural como el único motor legítimo del progreso.

Toda esta infraestructura educativa se sostiene hoy gracias a un esquema de profunda solidaridad colectiva. No se financia con recursos abstractos, sino con el esfuerzo tributario diario de todo el pueblo de México, sosteniéndose en gran medida gracias a aquellas mayorías trabajadoras que, debido a las brechas de la desigualdad estructural, muchas veces no logran enviar a sus propios hijos a un aula universitaria. Por esta razón, el acceso a la educación superior pública no puede ser entendido bajo una óptica individualista, mercantil o como un simple mecanismo de acumulación de capital y mérito puramente propio.

Recibir un título universitario al amparo de este legado histórico constituye una deuda ética irrenunciable que exige una retribución social activa y consciente. Las y los egresados tienen el deber moral de democratizar el conocimiento, traduciendo la ciencia y el humanismo en respuestas tangibles que impulsen la salud comunitaria, el desarrollo sustentable y la justicia legal en los sectores más vulnerables. Es imperativo ejercer la profesión rechazando las lógicas que lucran con los derechos humanos elementales, devolviendo a la sociedad una práctica solidaria y digna. Como bien intuía Juárez, el conocimiento es la herramienta natural para romper las cadenas del despotismo; los profesionales formados por el Estado son los custodios de esa antorcha, y apagarla en el egoísmo individualista representa una traición a la memoria histórica y al esfuerzo colectivo que abrió las puertas de sus aulas.

Referencias

Galeana, P. (2006). Juárez en la Historia de México. Miguel Ángel Porrua.

Sanginés, P. S. (2015). Juárez: La Rebelión Interminable. Para Leer en Libertad.

Vázquez, J. Z. (2013). Ensayos sobre historia de la educación en México. El Colegio de México.

Víctor Hugo Vargas De la Torre

Víctor Hugo Vargas De la Torre el con más de 30 años de trayectoria integrando la tecnología, la comunicación y el desarrollo social. Recientemente egresado de la Licenciatura en Políticas y Proyectos Sociales por la Universidad Abierta y a Distancia de México (UnADM), se especializa en el diseño de soluciones de impacto sostenible y tangible.

Su experiencia incluye el liderazgo en proyectos de intervención comunitaria, economía solidaria y defensa de los derechos humanos, colaborando con diversas organizaciones para fortalecer su transición digital y responsabilidad social. Actualmente, enfoca su carrera hacia el sector público y social, combinando habilidades avanzadas en gestión digital con un profundo compromiso comunitario.

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