Hace cien años nació en Viena un tipo al que terminarían llamando el “profeta de Cuernavaca”. Iván Illich fue sacerdote católico, exiliado y, sobre todo, una de las mentes más incómodas del siglo XX. Cuando se instaló en México y fundó el CIDOC,[1] empezó a destrozar nuestras certezas más cómodas sobre la escuela, la medicina y el progreso. No llegó a Cuernavaca por casualidad. En aquellos años sesenta, la ciudad era una caldera de pensamiento crítico. Como recordaría la periodista Lya Gutiérrez Quintanilla al llamarlos “los volcanes de Cuernavaca”, figuras como Illich, el obispo Méndez Arceo y Gregorio Lemercier hicieron retumbar las estructuras de la época desde Morelos.[2]
Illich llamó monopolio radical y contraproductividad al momento en que una herramienta deja de servir al ser humano y empieza a convertirlo en usuario dependiente de ella: la escuela que termina monopolizando el aprendizaje, la medicina que convierte la salud en mercancía, el transporte motorizado que inmoviliza los pies y destruye la autonomía del movimiento. Illich capturó esta deriva con una vieja fórmula latina: corruptio optimi pessima —la corrupción de lo mejor es lo peor.[3] De esa crítica nació el concepto que inspira este texto: el techo común, el límite que una comunidad se impone a sí misma, democráticamente, para que ninguna acumulación destruya el bienestar de los demás. Cien años después de su nacimiento, cuando la inteligencia artificial empieza a mediar nuestra relación con el conocimiento, la educación, el trabajo y hasta la conversación, Illich no parece un pensador del pasado, sino alguien a quien apenas estamos alcanzando.
José Ortega y Gasset publicaba el primer artículo de la serie que, reunida en 1930, se convertiría en La rebelión de las masas,[4] donde nos habló del hombre-masa: aquél producto de la revolución industrial que no era el pobre ni el ignorante, sino quien recibía los beneficios de una civilización compleja y los consideraba naturales, sin preguntarse quién los había construido ni qué condiciones los hacían posibles. El aspiracionista del siglo XXI es una mutación contemporánea del hombre-masa de Ortega y Gasset: asume los privilegios del sistema como algo natural y, alimentado por pantallas que disfrazan la desigualdad como falla personal, no busca transformar las estructuras que lo endeudan, sino escalar en ellas. El sistema no necesita que todos lleguen; sino que todos quieran llegar. Nos vende un espejismo: la promesa de que podrán consumir como las élites si se esfuerzan lo suficiente. Una promesa que no necesita cumplirse para funcionar; de hecho, solo funciona mientras no se cumple. Esa aspiración universal a lo imposible es el negocio más rentable.[5]
Por eso no alcanza con garantizar un piso común —que nadie carezca de lo indispensable para vivir—; hace falta también un techo común que limite democráticamente la acumulación antes de que agote el mundo que todos compartimos. Esta visión encuentra eco tanto en el concepto chino
de xiaokang —una sociedad moderadamente próspera, enfocada en erradicar la pobreza y no en multiplicar millonarios— como en la tradición republicana que Juárez encarnó, donde la justa medianía no era un programa de gobierno sino una aspiración de la sociedad: que nadie quedara en la miseria ni nadie acumulara en exceso. El humanismo mexicano recupera esa intuición y le suma su propio mandato: por el bien de todos, primero los pobres. En ambos casos, la medida de la prosperidad no es la opulencia de unos cuantos, sino la suficiencia para todos.[1]
Ahí está el verdadero desafío. El capitalismo nos ha enseñado a preguntar cuánto más podemos producir, y la inteligencia artificial promete responder esa pregunta a una velocidad nunca vista. Tal vez las preguntas importantes son otras: ¿cuánto más necesitamos? o ¿vamos a utilizar la IA para elevar indefinidamente el techo del consumo o para reducir la cantidad de trabajo y recursos necesarios para garantizar el piso común? Porque el problema del futuro no será conseguir que todos vivamos como los ricos —eso es materialmente imposible—, sino conseguir que todos vivamos bien. El piso común nos recuerda que nadie debe caer por debajo de lo necesario para una vida digna; el techo común nos recuerda que nadie debería acumular tanto que destruya las condiciones que hacen posible esa vida para los demás.
Un siglo después de Ortega, la rebelión de las masas no consiste en superar a los demás, sino en dejar de querer escapar. Un mundo suficientemente próspero para todos y suficientemente limitado para seguir siendo habitable, no es una sociedad de resignados; es una sociedad de libres, porque solo quien no necesita escapar de su propia vida puede empezar a vivirla.
[1] CGTN: ¿Qué significa la realización de Xiaokang por parte de China para su pueblo y el mundo?
[1] El famoso CIDOC, qué era, cómo funcionaba y por qué cerró – La Jornada Morelos
[2] Subrayan el humanismo de Sergio Méndez Arceo – La Jornada
[3] La Jornada: Iván Illich: cien años de conspiración
[4] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 1930.

Hernán Garza-Villareal
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Ensayista, editor y analista dedicado al estudio de las relaciones entre poder, tecnología, soberanía, comunicación y economía política. Su trabajo se centra en la construcción de marcos interpretativos para el debate público, combinando análisis estructurales, pensamiento estratégico y divulgación especializada.
Colabora como articulista en medios de análisis político y ejerce funciones editoriales en plataformas de información tecnológica, donde impulsa líneas de contenido orientadas a la comprensión profunda de infraestructuras críticas, políticas públicas y transformaciones productivas. Participa en proyectos audiovisuales de entrevista como espacio de diálogo intelectual y circulación de ideas.
Su enfoque privilegia la formación de criterio, la agenda de largo plazo y la articulación entre conocimiento técnico y disputa simbólica y analítica puede consultarse en hernangarza.com