La muerte de Gloria Steinem el 2 de septiembre de 2026, a los 92 años, ha desatado la ola de obituarios compasivos que cabe esperar cuando muere una institución.[1] Cofundadora de Ms.[2], rostro del feminismo estadounidense de los setenta, icono de una generación que logró que el aborto, los derechos reproductivos y la igualdad salarial sonaran respetables en los salones de la clase media blanca norteamericana y que, al mismo tiempo, la igualdad de género pudiera pensarse al margen de la lucha de clases. Ese legado existe. Lo que merece discusión es qué tipo de liberación femenina terminó representando y qué relación mantuvo con el poder que confrontó.
Entre 1959 y 1962, Steinem fundó y dirigió el Independent Research Service, una operación financiada por la CIA —cuya función consistía en reclutar estudiantes estadounidenses para los festivales juveniles de Viena y Helsinki— piezas de ajedrez en la batalla cultural contra la Unión Soviética. Cuando la conexión salió a la luz en 1967, defendió su trabajo afirmando que la CIA que ella conoció era “liberal, no violenta y honorable”, y añadió que, de tener la opción, lo haría de nuevo.
Esa frase, en boca de alguien que después haría de las estructuras invisibles de poder su objeto de crítica permanente, resulta difícil de tomar como una simple ingenuidad juvenil. Quizá le había tocado conocer una versión particularmente acogedora del ambiente laboral de Langley: mientras ella ayudaba a llevar estudiantes a festivales juveniles para ganar la batalla de las ideas contra Moscú, la misma agencia se ocupaba de la otra parte del trabajo: intervenir elecciones, conspirar para asesinar jefes de Estado y administrar revoluciones.
Steinem fue, en ese sentido, algo más eficaz que una agente encubierta de la CIA: fue una administradora de la rebeldía. Convirtió la disidencia en identidad, la protesta en mercancía, la revolución en una nueva forma de consumo. Incorporó a las mujeres al mercado laboral sin resolver la desigualdad estructural; celebró a las que llegan a la cima sin preguntarse por qué la mayoría permanece abajo; convirtió el empoderamiento individual en substituto de la transformación colectiva.
Y quizá no haya mejor manera de medir la distancia entre esas dos formas de disidencia que mirar lo que acaba de ocurrir en México. Angela Davis llegó a la UNAM y llenó auditorios hablando de feminismo abolicionista, capitalismo, racismo y organización colectiva. No llegó para explicar cómo conquistar un lugar dentro del sistema, sino para preguntar qué habría que transformar para que ese sistema dejara de producir las mismas desigualdades. Su biografía tampoco necesita demasiada traducción: militancia comunista, persecución política, encarcelamiento y un proceso que podía llevarla a la pena de muerte, y que convirtió su nombre en símbolo internacional. Más de medio siglo después, sigue hablando desde el mismo lugar incómodo: no de cómo hacer más habitable la prisión, sino de cómo abolirla; no de cómo repartir mejor los lugares en la cima, sino de por qué existe la pirámide.
[1] Gloria Steinem, ícono del movimiento de las mujeres, muere a los 92 años – Infobae
[2] Revista feminista cofundada por Gloria Steinem y lanzada en 1972, con un financiamiento de un millón de dólares de la Warner Communications, que puso en el centro de la discusión pública temas como el aborto, la violencia doméstica, la discriminación laboral y la desigualdad salarial, y ayudó a llevar el feminismo de los círculos militantes a una audiencia mucho más amplia.
El contraste con Steinem resulta incómodo precisamente porque ambas fueron convertidas en símbolos del feminismo, pero representan dos relaciones muy distintas con el poder. Davis fue perseguida cuando el Estado consideró que su militancia amenazaba el statu quo; Steinem encontró, desde muy temprano, una vía de acceso a los pasillos institucionales. Davis siguió preguntando por qué existe la prisión; Steinem ayudó a conseguir más lugares dentro del engranaje. Davis convirtió la persecución en una crítica cada vez más radical del orden social; Steinem convirtió la rebeldía en una forma de integración al poder establecido. Una quiso transformar las reglas del juego; la otra ayudó a que más mujeres pudieran jugarlo. No hace falta imaginar una conspiración para reconocer la diferencia: basta observar qué clase de disidencia termina siendo perseguida y cuál termina siendo premiada.
La operación de domesticación no termina cuando la protesta entra en las instituciones. La dominación culmina cuando el establishment consigue convertir a la rebelde en ícono. En 2020, Hollywood ya había comenzado a canonizarla en vida. Mrs. America,[1] la miniserie de FX sobre la batalla por la Enmienda de Igualdad de Derechos, la convirtió en uno de los rostros heroicos del feminismo estadounidense de los setenta, interpretada por Rose Byrne. The Glorias,[2] la película de Julie Taymor basada en sus propias memorias, fue todavía más lejos: cuatro espectaculares actrices representaron a Steinem en distintas edades de su vida, como si la militante hubiera dejado paso a la leyenda del feminismo.
Quizá por eso resulte tan significativo que, mientras los obituarios convierten a Steinem en figura consagrada, Angela Davis haya venido a México a hablar de abolición, capitalismo, racismo y organización colectiva. Una llegó al centro de las instituciones; la otra sigue preguntando por qué esas instituciones producen la desigualdad que luego prometen corregir. Una conquistó derechos temporales dentro del sistema; la otra aún no deja de luchar por transformar el sistema que reproduce la injusticia, la explotación, la dominación y la devastación ambiental.[3]
Roe v. Wade lo resume con crudeza: en 1973 el feminismo ganó una batalla jurídica decisiva y confundió esa victoria con la guerra ganada. Durante casi medio siglo, el fallo contuvo al poder patriarcal sobre el cuerpo de las mujeres, pero no transformó las estructuras que la sostenían. Esa jerarquía no desapareció: esperó, se reorganizó y, medio siglo después, recuperó desde la Suprema Corte el terreno que Roe le había arrebatado. Se había contenido la dominación; no se la había derrotado. Gloria Steinem vivió para descubrir la diferencia. Angela Davis nunca dejó de señalarla. Como escribí en “Con dinero baila el perro”, el poder no necesita reprimir la disidencia, le basta financiar los mecanismos que convierten el dinero en poder mientras nos desgastamos en guerras culturales.[4]
Ese fue quizá el gran triunfo del feminismo que Steinem ayudó a construir: no derrotar la rebeldía, sino enseñarle modales. Enseñarla a sonreír. Convertirla en identidad, mercancía y carrera institucional. Porque una rebelión que necesita permiso para ser respetable ya no es una rebelión. Es una concesión con fecha de caducidad.

Hernán Garza-Villareal
Position
Ensayista, editor y analista dedicado al estudio de las relaciones entre poder, tecnología, soberanía, comunicación y economía política. Su trabajo se centra en la construcción de marcos interpretativos para el debate público, combinando análisis estructurales, pensamiento estratégico y divulgación especializada.
Colabora como articulista en medios de análisis político y ejerce funciones editoriales en plataformas de información tecnológica, donde impulsa líneas de contenido orientadas a la comprensión profunda de infraestructuras críticas, políticas públicas y transformaciones productivas. Participa en proyectos audiovisuales de entrevista como espacio de diálogo intelectual y circulación de ideas.
Su enfoque privilegia la formación de criterio, la agenda de largo plazo y la articulación entre conocimiento técnico y disputa simbólica y analítica puede consultarse en hernangarza.com